Las noches de luna llena son particularmente extrañas. Las sombras reptan de distinta manera sobre cada superficie, atenuando sus bordes e incluso extendiendose más allá de sus límites usuales. Este momento de gloria para estos seres es un poco más delicado para quienes no gozamos de la dicha lumínica. Nuestra zona segura es amenazada. La noche tiene tintes de día. No nos cobijamos de la misma manera. La noche ya no es segura. Es solo una semana, una semana al mes. Luego la oscuridad cubrirá con su terca capa todo lo que alguna vez fue luz. Para eso estamos aquí, para correr en la noche. Nos reunimos con los pares y festinamos con el paso del tiempo. No nos afecta. Tenemos siete vidas.

Uno. A comer. Extasiado, primera vez.
Dos. A beber. La locura se desata al encontrar las experiencias pasadas en otras acciones.
Tres. Mesura. Vamos en la mitad, no lo desperdicies.

Solo cuatro más. Quizás exageraba con que no nos afecta, muy por el contrario, saber que existe más de alguna oportunidad le restó interés a todo. Podré hacerlo de nuevo.

La sexta será la última. Lo juro.

Siete. Explosión. La que más he disfrutado.

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