Ochocientos cinco

2 junio, 2010

Es evidente. Aquí huele a traición, replicó el inspector Zamora, mientras limpiaba sus lentes al ritmo del compás musical.
Extraño sin duda es el asunto que nos convoca caballeros; dos cuerpos, un sólo nombre: homicidio.
A mi saber la pareja no se conocía, más bien, ¿qué extraños hechos llevaron a sus destinos cruzarse?

Todo me intrigaba, todo me molestaba. La escena no tenía morbo, de hecho, parecían felices.
Lo que retumbaba en mi cabeza a la hora de dormir era la música que encontramos todo. ¿Por qué un bals en una escena del crimen? Muchas preguntas, ninguna respuesta. Ni siquiera aparente.

Arena. Encontramos arena teniente. ¿Arena? ¿Dónde?. En los bolsillos de la chaqueta del señor.
Raro, por decir lo menos. Arena a más de 100 kilómetros del mar. Curioso.

¡Zamora! saca a tus hombres, necesito estar a solas.

Un sentimiento de empatía por ambos recorrió mi cuerpo. El ambiente era muy cálido. Qué extraño, yo no sentía traición. Sentía gozo, alegría, un jolgorio que hace muchos años mi viejo ser no vivía.
¡Teniente! ¡Mierda! ¿¡Qué pasó!? (…)

Diario de Zamora: tres cuerpos tendidos, evidentemente, huele a traición.

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